Maravillas del béisbol

El mundial de atletismo en Daegu, Corea del Sur, fue testigo de un suceso que sorprendió al mundo: Oscar Pistorius, a quien debieron apuntarle las piernas por una malformación congénita, llegó a las semifinales de los 400 metros corriendo con unas prótesis ortopédicas especialmente diseñadas para competir. Lo hecho por el sudafricano causó asombro y polémica, pero su caso no es único. Anteriormente hubo otros deportistas a los que la falta algún miembro no les significó un impedimento para desarrollar respetables carreras.

En este aspecto la temporada 1945 de la Major League Baseball (MLB) registra un antecedente importante porque ese año contó con la presencia de Peter Gray y Bert Shepard, quienes pudieron jugar en la liga pese a que carecían de alguna extremidad.

Gray, quien perdió el brazo derecho a los 6 años en un accidente, debutó como profesional a los 23 años en la Quebec Provincial League de Canadá. Ese fue el inicio de un peregrinar por distintas competencias de segundo orden, teniendo como punto más alto el premio al jugador más valioso de la temporada 1944 en la Southerm Association. Ese reconocimiento le valió la atención de una MLB dañada por la ausencia de muchos jugadores que se habían marchado a la Segunda Guerra Mundial. Gray se incorporó a Saint Louis Rams y su llegada significó un fuerte golpe de efecto en los medios y el público.

Seguramente cuando conocieron la noticia muchos historiadores recordaron a Hugh Daily, inmigrante irlandés que pasó por el béisbol estadounidense entre 1882 y 1887 y al que apodaban “One Armed” (Un Brazo) porque, precisamente, también le faltaba esa extremidad. Este polémico personaje famoso por sus peleas con los dirigentes, había perdido el brazo izquierdo por culpa de un disparo.

Los meses que Gray pasó en la MLB no fueron sencillos. Recibía demasiada atención por el inconveniente físico y no por las actuaciones en la cancha. Esto hacía que tuviera una actitud esquiva. “Peter no socializaba con nadie. Había algunos chicos que trataban de acercársele, pero él solía rechazarlos. Había veces que tenía ataques de furia”, recordó Al LaMacchia, quien compartió vestuario con Gray.

Peter Gray (Corbis)

“Sentía que no perteneciera a las ligas mayores y sabía que estaba siendo explotado. Era un tipo tranquilo con complejo de inferioridad. Trataban que fuera una atracción para el equipo”, contó su manager Luke Sewell. Independientemente de su incomodidad, la mala predisposición y el talante hosco, similar al de Daily, Gray maravilló al público, compañeros y rivales por la fuerza de voluntad que mostraba.

Cuando jugaba evidenciaba problemas para batear, aunque tampoco era un negado porque tenía una muy buena anticipación. Curiosamente el fuerte era a la hora de atrapar la pelota. Había logrado una mecánica perfecta: agarraba la pelota, sin que esta se le cayera se sacaba el aguante y realizaba el lanzamiento.

Finalizado el conflicto bélico varios jugadores retornaron a casa y la MLB lentamente comenzó a recuperar el curso habitual, por lo cual la novedad había dejarlo de serlo y perdió interés. Con 77 partidos en el currículum Gray quedó marginado y retornó a su habitad natural: las ligas menores.

Tiempo después LaMacchia y Gray volvieron a coincidir en una pequeña franquicia de Dallas. Allí LaMacchia se encontró con una versión diferente de Gray. “Para esa época Pete estaba más suavizado y no se enojaba más por la cosas”, evocó quien ya retirado se destacó como cazatalentos.

Cuando fue desafectado del plantel principal y relegado al equipo B el nacido el 6 de marzo de 1915 en Nanticoke, Pensilvania, decidió que era el momento de retirarse. Regresó a la tranquilidad de su ciudad natal para atender un bar. Gray murió el 30 de junio de 2002 a los 87 años.

Paralelamente Shepard, al que tuvieron que cortarle la pierna derecha por una grave herida que sufrió en combate, vivía una historia similar.

Luego de pulular por diversos torneos de segundo orden en 1942 Shepard ingresó a la Fuerza Aérea y en 1944 fue transferido al 55th Fighter Group con base en Wormingford, Inglaterra. Cuando estaba realizando su misión número 34 a bordo de un Lockheed P-38J Lighting fue atacado cerca de Hamburgo. El avión se estrelló y el piloto quedó inconsciente.

Allí fue encontrado por el Teniente Ladislaus Loidl, que a la vez era médico de la Luftwaffe. Con la ayuda de dos soldados controlaron a punta de ametralladora a un grupo de furiosos granjeros de la zona que querían matar a Shepard. “Estaba inconsciente, la pierna derecha estaba destruida y además tenía una profunda herida en la cabeza. Me di cuenta que ese hombre necesitaba una operación urgente”, explicó el galeno cuando se reencontró con Shepard en 1993 para el programa oficial de la MLB “This week in baseball”.

Continúa Loidl: “Mi hospital de emergencia no estaba equipado para eso, así que lleve al herido a un centro médico local en donde se negaron a atender al que llamaron piloto de la muerte. Telefonee al Ministro de Aviación en Berlín para reportar la situación y desde allí instruyeron al director para que se encargara del caso. Días más tarde consulte acerca de su condición y todo había salido bien”.

Shepard quedó en el hospital como detenido y luego fue trasladado a la prisión Stalag IX-C en Meiningen, en el centro de Alemania. Allí con la asistencia de Doug Errey, un doctor canadiense que también era preso de guerra, Shepard se construyó una pierna artificial. Volvió a Estados Unidos en febrero de 1945 gracias a un intercambio de prisioneros.

Durante la estadía en el Walter Reed Hospital de Washington DC Shepard conoció al Secretario de Guerra Robert Patterson. El enviado de la Casa Blanca le consultó sobre cuál iba a ser su futuro. “Seguir jugando al beisbol como profesional”, fue la inesperada respuesta. Patterson lo ayudó y se contactó con el dueño de Washington Senators para pedirle que le diera una oportunidad a Shepard.

Bert Shepard y la pierna ortopédica. (ESPN)

El oriundo del estado de Indiana disputó una serie de partidos amistosos con la franquicia capitalina y conformó al entrenador, “No quiero misericordia, sólo quiero jugar. Durante meses en la prisión soñé con el día que pudiera volver a la cancha”, contó Shepard. A la larga su participación fue casi decorativa porque sólo jugó 1 partido oficial.

Un momento recordado fue cuando Washington Senators visitó a Saint Louis Rams. Aquel día se dio el único encuentro, por lo menos del que se tenga registro, entre Shepard y Gray. Por supuesto que la foto de ambos fue la imagen más buscada.

Shepard, una vez terminada la temporada, siguió el camino de Grey y debió buscarse nuevos rumbos. Mientras jugaba en ligas menores recorría el país dando charlas en centros de veteranos. Continuó jugando algunos años más hasta que una complicación en la pierna tras una operación lo obligó a retirarse. Una vez que dejó el bate trabajó en IBM, en una empresa de aviación y en una aseguradora. Se jubiló en 1982 y murió en julio de 2008 en California.

Con un breve paso por la MLB y utilizados como elementos de descarte, Shepard y Gray, apodados por un informe televisivo de la época como maravillas del béisbol, superaron los límites de su físico y sirvieron de inspiración a muchos que tras la guerra habían quedado a la deriva.

Peter Gray, el hombre milagro

Peter Gray y Bert Shepard, las maravillas de béisbol

Fuentes/Links relacionados

Pete Gray, Major Leaguer With One Arm, Dies at 87 (New York Times)

A teammate recalls Pete Gray (mlb.com)

Sport: One-Armed Outfielder (Time Magazine)

Bert Shepard, 87, an Inspirational Amputee, Dies (New York Times)

Bert Shepard (Baseball in wartime)

Bert Shepard; Amputation Didn’t Stop MLB Pitcher (Washington Post)

Un pionero llamado Wally Yonamine

La carrera de Joe Stanka en el béisbol parecía estancada. No tuvo suerte cuando intentó dar el salto a la Major League Baseball (MLB) y sin demasiado éxito sobrevivía en equipos de ligas menores que jugaban en estadios ruinosos, que solían registrar campañas opacas y pagaban un puñados de dólares. Por eso para mantener a la familia trabajaba en una fábrica de muebles en Oklahoma. Todo indicaba que no había salida, hasta que de golpe su vida deportiva y personal sufrió un vuelco: le propusieron irse a Japón.

Stanka firmó un contrato con Nankai Hawks de Osaka por un dinero que jamás hubiera imaginado. No sólo se convirtió en una estrella a nivel nacional, sino que también fue campeón en 1961, recibió el premio al mejor jugador de la Liga del Pacífico en 1964 y todavía hoy se lo recuerda como uno de los grandes extranjeros que pasó por el béisbol de aquel país.

Pese a que no todos tienen la misma suerte (a veces el choque cultural es una barrera insalvable), la historia de Stanka es aplicable a muchos otros que por distintas razones no se insertaron en la MLB. Aquellos que quedan marginados de la liga estadounidense pueden encontrar en Japón una alternativa para desarrollarse como profesionales. Allí el béisbol es popular, los contratos son buenos y, aunque inferior en comparación con Estados Unidos, la competencia interna es fuerte.

Sobre todo por las tensiones generadas durante la Segunda Guerra Mundial, bomba nuclear en Hiroshima/Nagasaki y ocupación mediante, el béisbol, al igual que otros aspectos de la sociedad, fue un territorio tácitamente cerrado para los estadounidenses. El gran culpable de producir un quiebre en la historia fue Wally Yonamine, que a fuerza de bateos se convirtió en un pionero que rompió los prejuicios hasta convertirse en una leyenda.

Wally Yonamine

Nacido el 25 de julio de 1925 en Hawaii en una familia de inmigrantes japoneses, Yonamine tenía aspiraciones de ser jugador de football americano, deporte que practicó en la secundaria. Las buenas actuaciones, sobre todo a la hora de defender, en un combinado de la armada le permitieron incorporarse a San Francisco 49ers, pero con la franquicia californiana sólo disputó una temporada. Una fractura que sufrió jugando al béisbol en una liga amateur en Hawaii lo obligó a retirarse del football americano.

Una vez recuperado Yonamine optó por sacarse el casco y agarrar el bate. Se destacó en campeonatos de segundo orden y por esta razón Lefty O’Doul, su entrenador en San Francisco Seals y consejero de Yomiuri Giants, el equipo más importante de Japón, le recomendó que fuera a probar suerte al Lejano Oriente. El hawaiano aceptó la propuesta y se incorporó al conjunto de Tokio. De esta manera se convirtió en el primer jugador estadounidense en formar parte de la Nippon Professional Baseball (NPB) tras la Segunda Guerra Mundial.

A raíz de las tensas relaciones entre Japón y Estados Unidos la adaptación de Yonamine fue demasiado complicada. Cuando recién llegó a Yomiuri Giants era visto como un traidor o, incluso, como un intruso. Esto llevó a que fuera blanco de varios intentos de agresiones. En Nagoya, por ejemplo, debió escaparse del banco de suplentes porque unos hinchas furiosos quisieron atacarlo, en Osaka le lanzaron piedras y en Hiroshma fueron más lejos: un grupo de gansters planeó asesinarlo.

Las complicaciones con las que convivía Yonamine no sólo eran por cuestiones extra deportivas, sino que adentro de la cancha también generaba rechazo. Su concepción del juego era opuesta a la que se tenía en Japón. A medida que se fue destacando y los resultados aparecieron, la percepción sobre su figura cambió.

Con Yomiuri Giants ganó el campeonato de 1951, el cual volvió a conquistar en 1953. Además Yonamine fue pieza importante para obtener el título de conferencia en 8 ocasiones en la década del 50. A nivel individual entre otros reconocimientos recibió en 3 veces el premio al mejor bateador, en 1957 fue el Jugador Más Valioso de la Central League y durante 9 años no faltó nunca en el equipo ideal.

En 1957 Yonamine recibió como premio una bicicleta por haber sido el mejor bateador de la temporada.

Cuando dejó de jugar se convirtió en el primer entrenador extranjero en la historia de la NPB. Se retiró definitivamente en 1988. Para esa altura la semilla que puso a principios de los 50 había germinado porque ya no era una extravagancia ver jugadores de Estados Unidos emigrar a Japón. El aporte de Yonamine también sirvió para que japoneses hicieran el camino inverso y se sumaran a la MLB.

En 1994 Yonamine fue el primer foráneo incluido en el Salón de la Fama del béisbol japonés. Murió en 28 de febrero de 2011 dejando un legado muy grande que todavía es recordado. Gracias a su aventura produjo un quiebre en la historia del béisbol en Japón y le abrió nuevas oportunidades a muchos jugadores a los que les cambió la vida. Stanka, y otros tantos, pueden dar fe de ello.

Fuentes/Links relacionados

A Yank in Japan (Sports Illustrated)

You’ve Gotta Have “wa” (Sports Illustrated)

Wally Yonamine Dies at 85; Changed Japanese Baseball (New York Times)

Remembering Wally Yonamine (ESPN)

49ers Pioneer Wally Yonamine Passes (49ers.com)

Sitio oficial de la Nippon Professional Baseball

Sitio oficial de Wally Yonamine

Historias Mínimas

Ya sea por falta de tiempo, información, inspiración, o simplemente porque no merecen un desarrollo tan amplio, muchas veces temas que deberían tener espacio en este blog terminan archivados, por no decir olvidados, en lo profundo de la computadora. A continuación breves historias que merecen ser conocidas.

Pionera y Hiena de la Gestapo

Violette Morris.

Violette Morris fue una adelantada a la época que le tocó vivir. “Cualquier cosa que un hombre puede hacer, Violette lo puede hacer”, era el lema de esta parisina nacida en 1893 en el ceno de una familia de la nobleza. Militante feminista y abiertamente declarada lesbiana, lo cual para la pacata sociedad francesa de los años 20 era un escándalo, Morris, o Gouraud, su apellido de casada, fue una de las primeras mujeres en dedicarse al automovilismo. Era tal su fanatismo que se operó los genitales para sentarse cómoda en los asientos de los autos.

Fue multifacética. Se dedicó al atletismo, destacándose en las pruebas de lanzamiento, al fútbol, siendo 3 veces campeona de Francia, a la natación y corrió en moto, entre otras tantas actividades deportivas. Por una sanción Morris, que siempre se hacía ver con un cigarrillo en la boca, no pudo participar en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam 1924, cuando debutó el atletismo entre las mujeres.

En diciembre de 1935 Morris fue reclutada por la Gestapo, la policía secreta nazi. En el rol de agente durante la Segunda Guerra Mundial dio información valiosa sobre las defensas francesas. Varios biógrafos sostienen que participaba en los interrogatorios y se ganó el apodo de Hiena de la Gestapo. Murió baleada el 26 de abril de 1944 cuando cayó en una emboscada que le tendió la resistencia.

Hay historiadores que indican que su cuerpo se encuentra en una fosa común en el cementerio de París, otros que fue quemado.

The Animal

“El hombre que una vez llevaba la camiseta número 31 como jugador estrella de los Rebels de la Universidad de Nevada, Las Vegas, en la actualidad luce el Nº 89T2957 sobre una chaqueta naranja de una prisión remota en lo profundo de Estados Unidos”. Así describía en 1991 New York Times a Richie Adams, una promesa del básquet universitario que terminó recluido en la cárcel por asesinato.

Adams, apodado The Animal por el duro estilo de juego, se convirtió en figura de la UNLV a mediados de los 80, llegando a ser premiado como el mejor jugador de la Big West Conference en 1984 y 1985, temporada en la que también se lo incluyo en el equipo ideal. Todos los pronósticos lo señalaban con un promisorio futuro en la NBA, pero la adicción a las drogas y los problemas con la Justicia echaron todo a perder.

En el Draft de 1985 fue seleccionado por Washington Bullets, actualmente Washington Wizard, en el puesto 11 de la segunda ronda. Ese mismo día fue detenido en Nueva York por robar un auto. Así empezaría a engrosar el prontuario.

Apareció en Argentina para vestir la camiseta de Deportivo San Andrés en la incipiente Liga Nacional. Cuenta la leyenda que los problemas con la droga eran imposibles de esconder. Hay testigos de aquella época que aseguran que Adams en una ocasión se tiró en la cara un plato de harina pensando que era cocaína. Luego de una temporada en el conjunto de Villa Ballester, en donde tuvo un promedio de 19 puntos en 31 partidos, retornó a Estados Unidos.

Era habitué de dos lugares: los playgrounds del Bronx y las comisarias por atracos menores. “La gente lo ama, pero cada vez que vuelve a Nueva York se mete en problemas. Es triste”, dijo Jerry Tarkanian, ex entrenador de los Rebels de la UNLV.

En 1996 llegó demasiado lejos. En el condominio donde vivía asesinó a una vecina de 15 años a la que acosaba. En 1998 lo sentenciaron a 25 años de cárcel por este crimen considerado de segundo grado. Según la investigación forense la victima sufrió golpes en la cabeza, primero contra una pared y después contra el suelo.

“La única persona que me traicionó fui yo mismo”, recoció en una oportunidad este ala pivot que cerca del aro tenía un tiro con escasa ortodoxia pero efectivo. Lo poco que se sabe es que pasa sus días rezando en la oscura celda de una prisión.

Los engaños de El Turco

En 1769 el ingeniero húngaro barón Wolfgang van Kempelen quería hacerle un obsequio original e inesperado a la corte de la emperatriz María Teresa de Austria. Por eso ideó una maquina autómata que constaba de un maniquí que tenía un tablero de ajedrez adelante y que, supuestamente, podía mover las piezas por si misma. La vistió con atuendos musulmanes y por eso se ganó el apodo de El Turco.

Antes de cada partida se mostraba al público presente que debajo del tablero no había nadie, lo cual era una farsa porque tenía un doble fondo con un jugador que se encargaba de mover las piezas a través de un complejo sistema. En una ocasión mientras se exhibía a El Turco, en la sala alguien gritó “fuego, fuego”. De adentro del autómata salió corriendo una persona de mediana estatura. Pese a este hecho, la mentira se mantuvo durante casi 85 años.

A mediados del Siglo XX la revista Chess Rewiew realizó una investigación en la que demostró los artilugios con los que funcionaba El Turco, que entre sus derrotados más famosos aparece Napoleón Bonaparte, y hasta nombró a los jugadores que escondidos la hicieron funcionar.

Tras la muerte de Kempelen el músico germano Johann Maelzel compró el aparato. Luego de realizar una gira por Estados Unidos y Cuba, Maelzel se enfermó de fiebre amarilla y la máquina quedó en poder del Chinese Museum de Filadelfia. En 1854 un incendio intencional terminó con las andanzas de El Turco.

El luchador

Werner Seelenbinder.

Werner Seelenbinder fue 6 veces campeón alemán de lucha libre en la categoría de los pesos pesados y es considerado uno de los héroes de la resistencia nazi. Murió decapitado en 1944 acusado de traición. Surgido de una familia de clase obrera, comenzó a competir en el club Berolina Neukölln. En 1927 y 1928 disputó una serie de competencias en la URSS y no dudó en afiliarse al Partido Comunista.

En 1935 conquistó el título nacional y esto le permitió ser incluido en el equipo alemán que al año siguiente iba a competir en los Juegos Olímpicos de Berlín. Seelenbinder deseaba subirse al podio no sólo por el hecho deportivo en sí, sino también para mostrar en público el desagrado que sentía hacía el régimen nazi. Quedó cerca de lograrlo porque concluyó en la cuarta ubicación.

Tras aquella participación en los Juegos Olímpicos, cada vez que salía a pelear al exterior en las valijas llevaba escondido material ilegal para intercambiar información con los comunistas de los países que visitaba.

La Gestapo lo detuvo el 4 de febrero de 1942. Luego de sufrir violentos interrogatorios, Seelenbinder pasó por diversos centros de detención y terminó en Auschwitz. En septiembre de 1944 fue a juicio con otras 12 personas y lo condenaron a muerte. “Miren esta cabeza, la cara de este criminal. Este es el enemigo público número 1”, gritó el fiscal en la sala mientras lo señalaba.

Lo trasladaron a la cárcel de Brandeburgo para esperar la muerte. “¡Compañeros!- alzó la voz el día que se iba cumplir la sentencia- Aquí habla Seelenbinder. Hoy al mediodía se llevará a cabo. Hemos permanecido fuertes. Hitler se esconde. Saludos a los camaradas del Ejercito Rojo”.

Varios clubes, escuelas, estadios y calles en Alemania todavía recuerdan la figura de Seelenbinder, uno de los casi 20 atletas de los que se tiene registro que murieron durante el nazismo.

Fuentes/Links relacionados

Violette Morris, de heroína feminista a “hiena de la Gestapo” (Historias del Atletismo)

Richie Adams, 20 años después (Doblemblog)

College Basketball; Despite Chance at U.N.L.V., Adams Ran Wrong Way (The New York Times)

25-Year Prison Sentence For Ex-Basketball Star (The New York Times)

Leyendas del Playground (II): The Animal (acb.com)

Jugadas de la memoria (Carlos Ilardo)

El Holocausto: Persecución de los atletas (Museo del Holocausto)

Werner Seelenbinder (Salón de la Fama del deporte alemán)