Ajedrez en tiempos de guerra

Casi al mismo tiempo que las fuerzas nazis ingresaban a Polonia, en lo que se considera el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, en Buenos Aires se disputaba la octava edición de la Olimpiada, a la que rápidamente se puede definir como la Copa Davis del juego-ciencia. A pesar de no ser tiempos de globalización, lo que estaba sucediendo en Europa repercutió inmediatamente en esta competencia, que no se postergó, pero sufrió un fuerte cimbronazo en muchas aspectos. Irónicamente a la larga esta situación terminó por ser beneficioso para esta actividad en el país.

La Olimpiada, por aquel momento llamada Torneo de las Naciones, comenzó a disputarse de manera oficial en Londres 1927, aunque hubo dos ediciones previas que no son reconocidas por la Federación Internacional (FIDE) en París 1924, en concordancia con los Juegos Olímpicos, y Budapest 1926. La llegada de este campeonato a Argentina, una de las grandes potencias ajedrecísticas del momento, significó la primera excursión fuera del Viejo Continente. Paralelamente se disputó el Mundial femenino.

En el teatro Politeama de la avenida Corrientes se reunieron 27 países, todo un récord, en busca de destronar a Estados Unidos, vigente campeón y que no se presentó por diferencias económicas con la organización. De todos los participantes uno de los casos más llamativos fue el de Palestina, conformado íntegramente por europeos de origen judío. “Nos hemos reunido por pertenecer a la raza judía y somos por ello representantes de los 500.000 judíos que hay en Palestina. Aunque juegan por su parte los árabes y los británicos, nosotros solamente representamos a jugadores de nuestra raza. Lo señalamos puesto que somos una selección de una población relativamente pequeña y nuestro equipo ha logrado estar a la altura de rivales importantes”, indicó al diario La Nación Moshe Czermiak, capitán palestino, oriundo de Austria, en su llegada al puerto de Buenos Aires.

Algunas de las delegaciones llegando a Buenos Aires desde Europa. (La Nación)

Dos nombres importantes que participaron fueron el cubano José Raúl Capablanca, uno de los campeones mundiales más famosos que tuvo el ajedrez en su al historia, y el francés de origen ruso Alexander Alekhine, dueño del cetro mundial tras desbancar a Capablanca en Buenos Aires en 1927.

Días previos al comienzo de la Copa de las Naciones a bordo del barco de bandera belga Piriápolis arribaron buena parte de las delegaciones que provenían del otro lado del Atlántico. Sin saberlo muchos de los tripulantes pisaban la tierra que los acogería por el resto de sus vidas. Venían desde lugares tan disimiles como Estonia, Holanda, Inglaterra, Islandia, o Checoslovaquia, que compitió bajo el nombre de Protectorado de Bohemia-Moravia para poder participar al margen de Alemania, que en ese momento había tomado posesión de ese territorio. También llegaron, entre otros, representantes de Uruguay, Bolivia, Brasil, Paraguay, Perú y Canadá. La inscripción de tantos equipos de América fue una novedad ya que por lo general la mayoría solían provenir de Europa.

El 23 de agosto se realizó el acto de apertura. Asistieron desde autoridades diplomáticas hasta funcionarios del gobierno nacional, encabezados por el Presidente de la Nación Roberto Ortiz, quien donó la Copa República Argentina, reservada para aquellos equipos que no superaran la primera fase. El trofeo se lo quedó Islandia.

Mientras las piezas blancas y negras se movían ante una buena concurrencia de público que pagó entre 1 y 2 pesos por las entradas, las noticias que provenían desde Europa no eran las mejores porque el clima político estaba cada vez más enrarecido. Desde la Federación Argentina de Ajedrez (FADA) trataban que no se mezclaran los temas, pero se llegó a un punto en el cual la situación se hizo insostenible. El 1 de septiembre de 1939 comenzó la ronda final 16 equipos que iban en busca de la Copa Hamilton Russell. Nadie pensaba en eso. Ese mismo día las tropas nazis ingresaban a Polonia. La Segunda Guerra Mundial había estallado.

En Buenos Aires la primera consecuencia fue el retiro de los ingleses, a los cuales no se los pudo convencer para que revirtieran su posición. Muchos otros países querían seguir el mismo camino, pero en una reunión de urgencia entre los capitanes se detuvo el entendible deseo de desertar. Para colmo el fixture indicaba que en próximos días debían enfrentarse polacos y alemanes, situación que no se dio porque la organización, en una decisión que causo polémica, optó por cancelar el match y declararlo empate (tablas). Misma suerte corrieron los choques entre Alemania-Francia y Alemania-Palestina. A la larga los teutones, que hacían su debut porque estuvieron alejados de la FIDE, se vieron favorecidos por esos resultados y salieron campeones, relegando a la segunda colocación a Polonia y a la tercera a Estonia.

Los 15 días finales no fueron los mejores. La atmósfera era tensa y, según los especialistas, el nivel de juego decayó considerablemente. Alcanzar la concentración era complicado y las cabezas no estaban en condiciones óptimas para ejecutar movimientos precisos.

Terminado el Torneo de las Naciones, en el cual Argentina finalizó quinta, confirmando que el tercer puesto en Estocolmo 1937 no había sido una casualidad, muchos de los jugadores se encontraron con un destino incierto. Ayudados por el Estado un nutrido grupo, en su mayoría judíos, decidió quedarse, tal el caso del equipo alemán. Otros, en cambio, partieron a sus hogares (si es que todavía existían). Una de las que retornó fue Vera Menchik, jugadora soviética nacionalizada británica que se quedó por novena vez con el mundial femenino. Murió en 1944 durante el bombardeo nazi sobre Londres.

El equipo alemán campeón. Todos sus integrantes se quedaron en el país. (La Nación)

Sin dudas uno de los casos más famosos de aquellos que se establecieron en Argentina es el de Miguel Najdorf. Llegó como miembro del quinteto de Polonia y perdió todo tipo de contacto con su hija y su esposa, a quienes vio por última vez antes de partir a Buenos Aires. Durante mucho tiempo no tuvo información de ellas, hasta que un día pudo retornar a Polonia. Allí se enteró de la peor noticia: habían muerto durante el Holocausto de Varsovia.

Prácticamente sin dinero comenzó a reconstruir su vida casi desde cero y con mucho esfuerzo se hizo un nombre en los circuitos ajedrecísticos, en donde rápidamente despuntó con su talento. Se convirtió en figura y ganó en 8 oportunidades el campeonato argentino, marca que todavía no pudo ser superada.

“En todas partes la gente decía que había que trabajar para ganarse el pan, pero aquí en la Argentina se decía que había que ganarse el puchero. Yo me dije ‘puchero es más grande que pan. Entonces me quede’”, recordó Najdorf. Se nacionalizó y fue el principal responsable de la Era Dorada del ajedrez local, en donde se destacan 3 segundos puestos en la Olimpiada, 3 mundiales juveniles y 1 de cadetes más una innumerable cantidad de Grandes Maestros. Una realidad opuesta a la actual en la que Argentina prácticamente esta desaparecida del plano internacional.

Don Miguel, como se lo solía llamar, se transformó en una de las caras más famosas del ajedrez mundial. Fue tal la marca que dejó que hay una jugada que lleva su nombre. Se trata de la defensa Siciliana variante Najdorf, sobre la cual existe una basta bibliografía.

A lo largo de su vida se encontró con una infinidad de personalidades de la historia universal. Entre otros en la lista se pueden encontrar al Che Guevara, fanático del juego-ciencia, Wiston Churchill, Juan Domingo Perón o el Sha de Irán.

Aunque estuvo en condiciones de hacerlo nunca pudo pelear por el título del mundo. La leyenda dice que los soviéticos, amplios dominadores del ajedrez tanto en el plano político como deportivo, se encargaron de coartarle esta posibilidad luego que humillara en una partida a una de sus grandes figuras. Najdorf murió por un edema pulmonar en 1997 mientras se encontraba en Málaga.

Hubo varios Grandes Maestros que vivieron situaciones parecidas por culpa de la guerra y encontraron refugio en Argentina. Casi sin proponérselo con sus conocimientos pudieron sobreponerse a tan triste realidad y terminaron por marcar un antes y un después en la historia argentina de este añejo juego.

Fuente/Links relacionados

La otra guerra del ajedrez (Canchallena)

Estadísticas equipo argentino (olympicbase.com)

Olimpiada de ajedrez Buenos Aires 1939 (olympicbase.com)

Jugadas de la memoria (Carlos Ilardo-Ediciones Al Arco)

La Nación 21 de agosto de 1939

La Nación 22 de agosto de 1939

La Nación 24 de agosto de 1939

La Nación 20 de septiembre de 1939

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La tragedia de una campeona

Muchas veces en la vida hay situaciones que duran un puñado de segundos o quizás milésimas, pero que traen como consecuencia un cambio rotundo en las personas y que significa una quiebre muy brusco porque nada volverá a ser como antes. Este es el caso de Elena Mukhina, quien estaba signada a ser una de las figuras del equipo soviético de gimnasia durante los Juegos Olímpicos de Moscú 1980 y días antes de comenzar a competir sufrió una grave lesión que la confinó a una silla de ruedas hasta el fin de sus días.

El acto de vivir casi nunca fue una tarea sencilla para Mukhina, nacida el 6 de junio de 1960 en tierra moscovita. A los 5 años sufrió un duro golpe: su madre murió en un incendio. Su abuela, Anna Ivanova, se encargó de criarla. Al mismo tiempo comenzó a tejer los primeros sueños de destacarse en la gimnasia, una de las piedras fundamentales en el entramado del deporte en la Unión Soviética.

Un día a la escuela llegó un entrenador preguntando si había alguna interesada en sumarse a su equipo. Por supuesto que Mukhina no dudó en levantar la mano. Comenzó a trabajar con Mikhail Klimenko y rápidamente se destacó como una promesa al ganar el campeonato nacional juvenil de 1976. Esa misma temporada terminó en el 12° puesto en la exigente Copa URSS, un torneo con un nivel parecido o hasta superior al que se podía encontrar en un Mundial o en Juegos Olímpicos. Sin embargo, no le alcanzó para clasificar a la cita olímpica de Montreal.

Mukina en acción. (El País)

Ese mismo año en el Europeo de Praga finalizó en la segunda en el all around, prueba que combina todas las especialidades de la gimnasia, detrás de la leyenda Nadia Comaneci. Además consiguió otras 3 medallas de oro.

La gran explosión de Mukhina llegó 2 años más tarde en los mundiales de Estrasburgo (Francia). Allí se colgó 5 preseas doradas, incluido el título en el all around batiendo a Comaneci. Sorprendió a todos por la complejidad de sus movimientos en los diferentes aparatos. Definitivamente se había consagrado como una de las grandes estrellas de la gimnasia mundial y era la cara más importante del poderoso combinado de la URSS. Por eso desde el estado comunista habían puesto muchas esperanzas en ella de cara a los Juegos Olímpicos que se avecinaban.

A fines de 1979 empezaron los problemas. Durante una competencia Mukhina sufrió una fractura en una pierna y casi sin tiempo para llegar en condiciones optimas al gran objetivo su entrenador Klimenko y el jefe de equipo, Aman Shaniyazov, quizás sufriendo presiones por parte de altos mandos, apuraron la recuperación de la gimnasta con una operación. Lo planificado no salió como se esperaba: la pierna de Mukhina no quedó bien, por lo que nunca se terminó de reponer del todo. Igualmente los entrenadores aceleraron los plazos porque su recuperación era una cuestión de estado. Si o si debía participar en los Juegos Olímpicos.

Pocas semanas antes que se prendiera la Llama Olímpica en la capital soviética la selección de la URSS estaba concentrada en Minsk ajustando detalles para el torneo. Durante uno de los últimos entrenamientos Mukhina practicaba ejercicios de suelo y cuando realizaba uno de los movimientos que más dominaba cayó mal y dio con la pera contra el piso. Se rompió varias vertebras y quedó tetrapléjica. A los 20 años su vida se se redujo a una silla de ruedas y solo moviendo algunas partes del cuerpo.

Elena Mukina y su foto más famosa. (Wikipedia)

Sin dar demasiadas especificaciones desde la Federación Soviética informaron que Mukina no iba a participar en los Juegos Olímpicos por lesión. Esa fue la última noticia que se tuvo de ella porque quedó olvidada.

Su primera aparición pública tras el accidente, y confirmando las sospechas que había alrededor de ella, en especial del otro lado de la Cortina de Hierro, fue cuando la URSS le entregó como reconocimiento la Orden de Lenin. En 1983 el Comité Olímpico Internacional la condecoró con la Orden Olímpica, el galardón más importante dentro del olimpismo.

En 1988 Mukhina, que volvió a vivir con su abuela, realizó una las pocas entrevistas mientras estuvo en la silla de ruedas. “Ni culpo ni condeno a nadie por lo que sucedió. Fui estúpida. Lo único que quería era justificar la confianza que habían puesto sobre mi y ser una heroína”, explicó. También criticó al modelo soviético: “Había conceptos como el honor del club, el honor del equipo, el honor al equipo nacional, el honor de la bandera. Eran palabras detrás de las cuales a las personas no se les prestaba atención”. Vivió en el ostracismo y lo que se sabe es que colaboró como columnista en un diario de Rusia, no mucho más.

Volvió a escucharse su nombre cuando murió a los 46 años. No se confirmó cual fue la causa de su muerte, pero al parecer estaría relacionada con alguna disfunción causada por la tetraplejia.

Mukhina todavía hoy es recordada. Muchos de sus movimientos fueron novedosos durante una época en la que la gimnasia era dominada por los países de Europa del Este y solo Estados Unidos podía inmiscuirse un poco. Quizás sin saberlo muchas de las estrellas actuales están rindiéndole homenaje a uno de los grandes nombres de la historia de la gimnasia.

Elena Mukhina en los mundiales de Estrasburgo (Francia) 1978

Fuentes/Links relacionados

Elena Mukhina, orgullo de la gimnasia de la URSS (El Mundo)

La tragedia de una gimnasta (El País)

Elena Mukhina dies (intlgymnast.com)